El hombre agresivo

Es sábado muy temprano, pero levantarme pronto merece la pena si es para desayunar con mi amiga Pamela. Vamos a Dukes, en Chapel St.  Conseguimos una de las cuatro mesas de la terracita. El café está buenísimo, la conversación llena de matices. Nos zampamos unas tostadas con huevos pochados.

Una pareja está sentada a mi izquierda y a la derecha un hombre desayuna unas tostadas con huevos fritos y aguacate, adornadas con unas flores pequeñas, lindas y comestibles. Sus músculos hablan de muchas horas de gimnasio, escucha música con los cascos y lleva gafas de sol. En la última mesa de la derecha dos hombres charlan con un par de cafés delante. Los dos son asiáticos. El mayor, escuálido y moreno, fuma. El joven tiene la mitad de años y sonríe todo el rato.

Es otoño pero el día cálido. Hace sol y todo fluye.

Una energía repentina hace que mi amiga y yo nos balanceemos hacia la izquierda. El hombre solitario se abalanza, como si fuera un felino cazando a su presa, sobre el hombre de la mesa de la derecha, el delgado. Ha sido un salto seco, veloz, limpio. Los golpes se amontonan en el cuerpo de ese hombre, paralizado, con la cara llena de miedo y manchada de sangre. No entiende qué pasa, por qué le pasa. Intenta zafarse de él, pero lo  tiene inmovilizado. Lo empuja contra las vallas de publicidad que nos separan de la calzada y hace que se queden apoyadas en los coches aparcados. Las mesitas ya no están en orden. La pareja del agredido está de pie, observando, en pánico.

Nadie hace nada. Nosotras hace rato que observamos la escena desde el bar de al lado. Abandonamos los bolsos, las llaves, el móvil y los cafés que ahora son parte del atrezzo. No sabemos qué ha pasado, sólo hemos percibido ese salto desde la mesa de la derecha hacia la mesa contigua. Ningún hombre de esos que abundan por Melbourne, six pack y actitud chulesca, se atreve a mediar. Se ve que hoy no han desayunado hormonas. Los camareros interceden, pero no hay manera. La adrenalina del agresor está disparada. A ése no hay quien lo pare.¿Nadie ha llamado a la Policía?

El señor músculos suelta a la víctima y se sienta a seguir desayunando, como si nada. Los camareros le ponen los cubiertos de nuevo, como si nada. Nosotras nos sentamos, como si nada, mientras el agredido permanece de pie, atónito, temblando. El señor músculos se inclina hacia nosotras, también como si nada, para hacernos una confidencia. “Lo siento, chicas, no soporto que nadie fume a mi lado”.

Nunca hubo un aviso, nunca le dijo, nunca se quejó. Estábamos en una terraza donde el que quiera puede fumar. El señor músculos es repulsivo aunque siga ahí como si nada. El señor músculos no tenía ningún derecho. La Policía nos interroga a todos. Es mi primer interrogatorio. Los agentes contrastan la versión del agresor. Su actitud les parece un poco desproporcionada, nos dicen.

A mí lo que me parece insólito es que, mientras llega el veredicto, el señor músculos se haya pedido otro café y siga disfrutando de esa mañana de otoño. Como si nada.

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