Lo que yo no sabía

Estar obsesionada con vivir en un país y no saber el porqué es un misterio que siempre completé con tópicos. La responsabilidad es sólo mía y, aunque muchos listos conocen estas tierras como si las hubieran conquistado, yo viví cómodamente en la desinformación, ignorando los detalles que perfilan la realidad de un país nuevo para mí. A mí no me importa admitir que este viaje ha sido uno de esos viajes novelescos, iniciáticos, pura metáfora de un cambio.

Porque yo no sabía que en Australia hacía frío, al menos este frío que se instala en Melbourne, y que las temperaturas de esta ciudad pueden oscilar 10 grados de un día para otro. Por eso en invierno una desea que llegue el tranvía rápido, que nunca es puntual, para mirar la ciudad maravillosa desde la ventana. Eso después de haber pasado el ticket por el lector, no vaya a ser que te encuentres con un revisor, de esos que se sienten seguros porque nunca van solos, siempre en manadas de mínimo cuatro, y te caiga una multa de $180.

Nadie me contó que aquí hay reglas, y muchas, y que no hay que saltárselas. Las multas de tráfico son comunes, pero también para los peatones que reciben una si cruzan la calle con el semáforo en rojo. 69497_10200277455131241_1719256077_nNada de poner los pies en el asiento del tren que tienes enfrente, nada de beber alcohol en la playa o en la calle, nada de hacer lo incorrecto. Irritada al principio, he entedido que estas horribles normas son las que hacen que se te caiga la cartera y alguien vaya detrás de ti a dártela, que puedas dejar tu bolso abierto y la cámara al lado con una despreocupación relativa, que éste, al margen de los locos universales, sea un sitio muy seguro.

Nunca pensé que Australia fuera tan de pueblo cuando te alejas de las ciudades y que Melbourne fuera tan diametralmente opuesta, que la gente vistiera con resultados incómodos a la vista y que nadie te observara horrorizado por la calle. Nunca imaginé que aquí no te juzguen por tu aspecto y que una presentadora de informativos pudiera llevar un corte de pelo consistente en media cabeza rapada y la otra con el pelo por debajo de los hombros. Aquella escena me fascinó casi el mismo nivel que un “guauuu” de admiración y respeto que alguien soltó cuando le dije que era periodista. Una reacción que en España no existe.

Nadie me contó que Melbourne es de verdad multicultural y que la presencia oriental es masiva. Por eso, la oferta de comida asiática es brutal y  deliciosa. Tampoco me dijeron que yo estaría dentro de esa masa multicultural, que comprobaría la fascinación de los australianos por ser española y el desprecio de alguno de ellos por la misma razón. No entendía muy bien el papel de los aborígenes, esas personas a las que los ingleses masacraron, robaron, utilizaron como conejillos de indias y a los que no se les dejó de perseguir ofcialmente hasta los años 70. Los mismos a los que veo pasear como si fueran sonámbulos, en una vida que ya no es suya, fruto del desarraigo y de las historias atroces del guión que imagino en mi cabeza.

Nunca quise oír que un año pasa volando y que las hojas del calendario caen irremediablente un día tras otro. Pero esta vez miro de frente a los detalles que me traen a la realidad para saborear mis últimos días en este país, que tanto me ha cambiado, del que tanto he aprendido y al que ya estoy ligada de por vida.

  1. #1 por Montse Mas el febrero 22, 2013 - 5:42 pm

    Australia no se va a ningún sitio, seguirá allí para cuando vuelvas.

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