Tasmania

Soy un desastre preparando viajes. Yo no me estudio la Lonely Planet, no miro las fotos de la wikipedia, siempre se me olvida meter algo crucial en la maleta y casi nunca sé qué voy a hacer exactamente cada día de las vacaciones. Esta actitud me pone histérica, porque me gusta controlarlo todo, pero soy incapaz de sentarme a planear. Quién lo diría.

Sin saber nada de Tasmania, no quería dejar fuera de mis vacaciones la isla que descubrió Abel Tasman en 1642. Sin una ruta muy estricta, pero con la visita obligada a la cárcel de Port Arthur, mi chico y yo decidimos ser caracoles por una semana y recorrer la isla en una caravana. Fue la mejor decisión que tomamos porque en Tasmania puedes acampar en los parques naturales o junto al mar y dormirte mecido por el sonido de las olas o del agua veloz que baja por uno de sus tantos ríos. No lo sabía, así que fue una sorpresa muy agradable.

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Nos lanzamos a la carretera con muchísimas ganas y con la actitud de dejarnos sorprender como sólo los niños saben hacerlo. Nos dirigimos como punto de partida al South Cape, el cabo más al Sur de Australia. Es la zona más cercana a la Antártida y desde allí  se ven ballenas en invierno. El plan era ver el paisaje y subir hacia la mitad de la isla. Nunca pensé que pudieramos aparcar la caravana a dos metros de la playa, y mucho menos que esa arena fuera blanca, tanto, que hacía que el azul gélido del mar fuera más intenso y la vegetación mucho más verde. Nos quedamos enganchados a la postal y decidimos hacer noche allí. Si había alguna ruta, la dinamitamos.

Así fue como fuimos decidiendo sobre la marcha, marcando lugares en el mapa. Y así fue como llegamos a las Hasting Caves, cuya historia se remonta a hace millones de años y que tiene estalactitas tan grandes que parecen haberse formado sólo con la intención de mantener a raya a los exploradores poco respuetuosos. Así fue como nos adentramos en el Mount Field Natural Park, como vimos las cascadas de agua, como alimentamos a canguros y acariciamos a un Demonio de Tasmania. Así fue como llegamos a Bicheno y andamos sobre el mar, literalmente, hasta la Diamond Island, para bañarnos en el mar de Tasmania, con el único propósito de poder contarlo. Así fue como cruzamos ciudades arrasadas por el fuego, sólo detenido por la presencia del mar, y como compramos ostras y calamares deliciosos a pescadores locales. Así fue como descubrimos una isla que todavía parece virgen.

Port Arthur

Fue una semana relajada, que no podía terminar sin mi anhelada visita a Port Arthur, literalmente un complejo para convictos, donde iban a parar los ingleses más peligrosos y malvados, porque una vez allí no había manera de salir de ese pedazo de tierra, rodeada de agua excepto por un trocito de cien metros que la conecta con el resto de la isla.

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Metí en mi cabeza delitos inimaginables, oscuros, desagradables, acordes con el lugar,  hasta que empecé a leer las leyendas. Así descubrimos que muchos de esos terroríficos criminales estaban pagando penas de más de 30 años por pequeños hurtos o tenían unas ideas políticas contrarias a las vigentes. Supimos también que algunos de esos delincuentes eran niños de 7 años, a los que se les encerraba en una isla, Point Puer, a pocos metros de la cárcel, porque habían robado, por ejemplo, fruta. Los presidiarios dormían en celdas de poco más de un metro cuadrado y me imagino que la vida allí, en ese paisaje paradisíaco, sólo fue bella para las mujeres de los militares que estaban al mando.

La prisión estuvo en marcha desde 1833 hasta 1877. Después las tierras se repartieron, pero el complejo quedó arrasado por un incendio y el nombre de Port Arthur siempre estuvo asociado a lo que allí se vivió, a la vergüenza de lo que allí se hizo. No fue hasta los 80 cuando empezaron los trabajos de conservación de la cárcel y los edificios de lo que llegó a ser una ciudad industrial productiva gracias al trabajo inhumano de aquellos delincuentes.

El día que visitamos la cárcel era soleado, no había ni una sombra de aquellos fantasmas.  Los australianos han hecho un trabajo excelente. Lo han puesto todo bonito, con papel de regalo y lazo incluido, te montan en un barco y te dan una carta con la identidad de uno de los presos, para que conozcas de primera mano su historia.

Yo, que soy una inconformista, sigo pensando que ojalá hubiera estado nublado.

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