The Great Ocean Road

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Ser turista en la ciudad en la que vives es nuevo. No es como en España, cuando me quedé sin trabajo y empecé a diseñar una estrategia para el futuro. Aquella vez, hace un año ahora, estudié mis posibilidades una vez que el periódico ADN cerró y nos dejó a todos en la calle de un plumazo. Llegué a Australia para estudiar mucho y he trabajado con la misma intensidad. Ahora, con los billetes de vuelta para España, los títulos y la declaración de la renta en mis manos, tengo un mes y medio por delante para turistear, para disfrutar de mis amigos, sin estrés, para hacer nada.

Así que ya he empezado con el tour oficial, con la primera parada en la Great Ocean Road. Esta carretera, que empieza en Torquay, paraíso para los surfistas compradores compulsivos, y llega hasta Adelaide recorriendo paralelamente la costa abrupta, empezó a construirse en 1918. Fue un homenaje a todos los hombres que habían luchado en la I Guerra Mundial y alguno de los soldados participó en el proyecto. Fue el primer paso para abrir la zona costera al turismo y al desarrollo, pero fue un trabajo arduo, por fases. Primero fue una carretera de un solo carril que más tarde se amplió, ganándole terreno al paisaje salvaje, a veces tan beligerante como alguno de los enemigos a los que los soldados plantaron cara en el campo de batalla.

Este fin de semana yo fui una de esas trabajadoras que recorrió ese camino y fue descubriendo, tras las curvas de esos acantilados temerarios, las sorpresas que el mar ha ido labrando tras años de erosión. Así que me imaginé trabajando duro, quitándome el sudor de la frente y mirando al horizonte, dejándome maravillar por la vista que ofrecen los Doce Apóstoles, esas columnas de piedra que desafían al océano sólo con la intención de dejar boquiabiertos a los exploradores que todavía conservan una mirada inocente. Porque en estos escenarios lo mejor es no dar nada por hecho y dejar paso a la sorpresa. Por eso, también me impresionaron el Arco, la estrechez de Loch Ard Gorge, el London Brigde, las cuevas naturales, la fuerza de las olas, lugares que llegan tras hacer kilómetros por los bosques recónditos del Otway park, lleno de eucaliptus habitados por koalas, sequoias más altas que las nubes y caminos complicados para coches familiares.

Una compañera de trabajo me contó que muchos melbournianos viven aquí y nunca han conducido por ese asfalto. Me pregunto cómo serán de apretadas sus agendas, tanto, que les impiden reservar un fin de semana para darse el placer de quedarse mudos ante lo que aquellos soldados nos sirvieron en bandeja.

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