Sydney. Día 4

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El tiempo inestable quiso que el color con el que dejé Sydney fuera el mismo con el que aterricé: ese gris que muda los estados de ánimo hacia la parte pesimista. Será por eso que me pareció el día perfecto para cruzar el Harbour Bridge andando, con el viento helado sofocando el sudor de lo que yo pensaba iba a ser una larga caminata. Crucé a la otra parte de Sydney en tren y me dirigí hacia las escaleras. La primera sensación una vez arriba fue la de vértigo, la inherente a la altura, pero también el vértigo por el viaje, por las emociones vividas estos días, por la sensación de libertad, de concesiones a mis voluntades caprichosas.

En el paseo, que completé en poco más de media hora, la precisión de los hierros ensamblados a lo largo del puente se disputa el protagonismo con las vistas, ésas en las que pueden convertir un trayecto de 25 minutos en todo un día. Porque la panorámica sobre la Bahía, con la Opera House a tus pies, hipnotiza, te cautiva, con la única misión de hacerte pensar que merece la pena vivir en esa ciudad tan hostil, en la que todo se vive de manera acelerada.

El paseo acabó en The Rocks ese barrio lleno de ladrillos rojos, que me recordó al londinense Brick Lane y que me remiten a las zonas industriales. Por algún lugar leí que es el más antiguo de Sydney, así que creyendo la leyenda me dejé perder por sus calles, hasta que aparecí en una plaza llena de cafés, donde encontré varias postales a las que puse cinco remitentes y un puñado de palabras.

Fue mi último paseo sola por la ciudad y me fui a encontrar a mis amigas para irnos al Fish Market, esa maravilla que sólo entendemos los que estamos locos con el pescado. Me di un homenaje: langosta, un variadito de productos del mar y ostras naturales. No las había probado en mi vida. No sé qué fue mejor, si el ritual de prepararlas o comprobar que esa textura extraña era deliciosa.

De ahí nos lanzamos a la última parada antes de volver al aeropuerto: el Darling Harbour, donde buscamos un Mad Mex sólo por el guiño de hacernos una foto como clientas y no como trabajadoras, nos compramos un helado y nos sentamos frente al mar, para empezar a añorar un viaje que todavía no había terminado.

Como todos los viajes que he hecho, la mejor sensación es la última, ésa que sientes cuando estás en el avión, te dicen que estás a punto de aterrizar y sientes que vuelves a casa.

Es la primera vez que he sentido que mi casa es Melbourne. Y me gusta.

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