Sydney. Día 3

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A las ocho de la mañana mi cuerpo dijo basta. Dormir en el suelo es mejor que dormir en la calle, pero era hora de ponerse en marcha. Así que me acomodé la ropa del día anterior, la misma con la que había dormido en el hostal de mis amigas y me fui a desayunar sola. Me fui directa a la playa, a buscar un sitio con buenas vistas, de esos que hay en todos los sitios turísticos. Manly no podía ser menos. Unos huevos fritos con bacon y un buen café me recompusieron. El sol calentaba un Primero de Enero jovialmente extraño, en una playa llena de surferos subiéndose a las feroces olas, con sandalias, sin mi familia y sin resaca.

Lau y Liz se unieron a mi desayuno y, tras un paseo, volvimos al ferry para regresar a la city. La  emoción de ver la Opera desde el mar pudo con el mareo que siento cuando me subo en un barco. Sentados de cara al mar, surcando las olas y sintiendo la brisa fresca, nos volvimos locas haciéndonos fotos, buscando el retrato perfecto para facebook, para el blog, para el recuerdo. Primero la vimos a lo lejos, para ir definiendo mejor su perfil conforme nos acercábamos. La Opera es preciosa desde el mar, con el sol dando luz a su techo, a su concha cubierta de cerámica blanca, para que los turistas puedan disfrutar de su brillo imponente ante la bahía y el Harbour Bridge.

Una vez en tierra firme, me fui en busca de Choji, que me esperaba en casa con una sopa caliente. Dudé si lo suyo era hospitalidad o una dulce venganza por no haber pasado la Nochevieja con él y sus amigos. No pude con ella, el calor era insoportable y el sabor a cilantro demasiado fuerte. Así que nos fuimos a la playa, a Maroubra, con nuevos amigas que habían llegado a su casa el día de antes. Fue mi primer baño en el Pacífico, la primera vez que metí mis pies en sus aguas, la primera vez que me planté casi al lado de los surfistas, que se peleaban por las olas, la primera vez que pasaba un día de Año Nuevo en la playa, sin la preocupación del trabajo, sin pasar frío, sin pensar que tenía que ir a comer a casa de mis padres después de la fiesta de la noche anterior.

Fue un día relajado. Tanto, que se nos hicieron las doce y media de la noche para comernos el pollo al horno que Choji había cocinado para sus amigas. Choji, un campeón, como diría un amigo mío, el mismo que esa noche durmió con cinco chicas en su habitación, esparcidas como pudimos por esa sala, en el sofá, en el colchón, en el suelo sobre cojines… A mí me tocó el sofá, puro confort en comparación con la noche anterior. Un día más sin dormir en una cama y muero.

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