Quitarse los abrigos

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Tres días seguidos de sol y más de 20 grados y la ciudad parece otra. Esas caras largas y tristonas de la urbe se han transformado en sonrisas y semblantes menos serios, más relajados. Los empujones, el estrés de la mañana, la tensión, han dado paso a un escenario distinto: el del murmullo de la gente sentada en el césped mientras come, el de la brisa del mar invitando a la arena a los que van por el paseo, el del sol reflejado en los edificios que envuelven el río.

Ya me habían avisado. La ciudad es otra cuando llega el buen tiempo. Pero con tanta seriedad no me lo había creído. Es hora de ir quitándose los abrigos.

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