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El comediante

Llegamos un poco antes y decidimos tomarnos una cerveza que luego no sabremos dónde poner. La habitación donde va a tener lugar el monólogo es minúscula. Yo me había imaginado un bar, con unas mesas, luces, un espacio abierto. Aquello parece un cuarto oscuro, seis filas con seis sillas, un escenario y un micrófono. En realidad, no hace falta nada más.

Un micrófono esperando a su voz

Es el Comedy Festival de Melbourne y, aunque es el tercero desde que vivo en esta ciudad, no había ido antes. Me daba nosequé ir a una función y no entender absolutamente todo, no reírme cuando todos, no pillar las bromas, los chistes, los gags. Así que un espectáculo bajo el título Lost in Pronunciation  (Perdido con la pronunciación) protagonizado por un venezolano me inspiraba confianza: mil situaciones parecidas, equívocos, la visión de alguien de fuera. Además, mi marido es venezolano. Quería ver hasta qué punto podía entender algún gag caraqueño.

Ivan Aristeguieta

Así que aparece Iván Aristeguieta  como si alguien le hubiera dado un empujón desde bambalinas. Toda energía, saludando a lo australiano y presentándose. Primeras risas, que prácticamente no se acabarán hasta que acabe su monólogo, de apenas una hora.

Vegemite

Primera parte, protagonistas indiscutibles: el kétchup, que desde que vivo en Australia se llama tomato sauce, y el Vegemite, esa cosa incomible, que yo tomé en mi primer desayuno creyéndome, víctima del jetlag, que lo que untaba en la tostada era mermelada. Le seguirán el retrato de los australianos, las opciones gastronómicas, las comparaciones latinas con las aussies. No cuento más. Despedimos a Iván con un sonoro aplauso un millón y pico de carcajadas después.

Me quedo con varias cosas. La primera, con que entendí todo. La segunda, con que las risas siempre son bienvenidas, destensan, mejoran un día que empezó mal. La tercera, que los australianos se desternillaran de la risa viéndose retratados. Pero me quedo, sobre todo, con lo que Iván me regaló.

Llegó hace dos años a Australia, como yo, y lleva ya un rato dándose vueltas por diferentes ciudades con su espectáculo. En inglés. Con un inglés muy bueno, quiero decir. A mí, que siempre me digo que es difícil encontrar un trabajo de periodista porque el idioma en mi profesión sí es una barrera, me dio una bofetada, de esas sonoras y secas. Me contó, sin que ninguno de los dos se diera cuenta, que las barreras nos las ponemos solos y que en nuestras manos está también, cargar con una escalera, subirla y saltar el muro.

Que sepáis que todavía estará esta semana en Melbourne.

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El hombre que me daba clases

Me levanto con el ánimo por los pies. Es sábado. El primero de los dos días en los que tengo clase. Los fines de semana ya no son fines de semana. Ahora son tremendamente largos. Y pesados. Me visto y me arrastro hasta la escuela. Tras la puerta, ahí está él.

Él es mi profesor, el que toma las riendas de ese curso diseñado sólo para que firmes y puedas tener un visado en condiciones. Su nombre es Paul, pero los nombres de verdad interesantes son el de Pamela y Sarah. A ellas las dejo para otro momento.

Paul sigue un programa con nombres tan interesantes como InDesign, Photoshop, 3D Modelling o Adobe Flash. Nunca me explicó para qué sirven. Su modus operandi es como sigue: “Abran el programa Adobe Flash, vayan a la versión 2 y no a la 3”. “¿Por qué?”, se oye un murmullo. No hay respuesta. “Vayan a la versión 2. Abran un documento en blanco. Vayan a herramientas. Cliquen sobre la línea horizontal y dibujen una línea horizontal; después vayan a grosor y le dan dos centímetros. Coloreen. Cliquen sobre el extremo derecho y presionen ALT mientras la giran hacia la derecha. Ahora pónganse en esta tecla para dibujar una circunferencia, la colocan en el extremo inferior de la línea horizontal”. Yo miro a Pamela desesperada. Ella mira a su café gigante. En qué estará pensando, me pregunto. Sarah ni siquiera presta atención. La explicación termina y el resultado es un reloj de cuerda. Parece que hay que hacer que el péndulo se mueva.

Necesitaré que me repitan la explicación. Memorizar cosas sin sentido no es mi fuerte. Soy un mar de dudas. Le pregunto. “¿Qué es Flash?” “¿Para qué sirve?”, “¿Me puede dar una visión general del programa, su uso básico, sus aplicaciones?”. Se tensa. Ladea la cabeza dos veces intuitivamente. “El proyecto consiste en hacer un reloj”, concluye.

Paul tiene una opinión muy elevada sobre su persona. Él está al mando. Sólo quiere poner ‘aptos’ y ver trabajos que se ajustan a lo que dice el papel. En algunos momentos lo veo levantando la barbilla, en ese gesto tan instintivo y territorial del macho sobre la manada. No quiere a alumnos con preguntas incómodas. No soporta que sean las mujeres las que hagan esas preguntas. No va a tolerar que una alumna, acostumbrada a hablar de igual a igual, le pregunte cuál es el sentido de diseñar para webs sólo en Flash cuando no es compatible con iPhone o iPad.

Como estoy en un curso de diseño, diseño mi estrategia. El curso va a ser muy largo. Intento convencer a mis amiguitas, pero Pamela y Sarah no se unen a mi plan. Yo, esa mujer de principios, convicciones, orgullosa, ha decidido que se va a meter a Paul en el bolsillo.

Es domingo y abro la puerta. Dejo mis cosas y me siento al lado de Paul. Pongo cara de pena. Le miro a los ojos y le digo que no he entendido nada. Paul se interesa. Le pido que se siente a mi lado y me guíe paso a paso por el diseño de ese asombroso reloj. Le hablo sobre mis dudas, le confieso que, prácticamente, no sé qué es Photoshop, escucho atentamente su explicación, se crece, le dejo que vaya haciendo. Anoto diligentemente.

Le agradezco a cada rato, está ayudándome mucho. Él saborea su momento y yo me muerdo la lengua. Voy a ser tonta. Me juzgo, me traiciono. Voy a echar al suelo mis principios y a pisotearlos. Me juzgo. No quiero invertir energía en una pelea que está perdida y, además, no me interesa. Me juzgo, pero me rindo.

Es el primero de muchos proyectos. Tras ese reloj llegará la mesa de billar, la postal de Navidad, el diseño de la web de la escuela donde estudio. Nunca nos dejó aplicar esos programas a nuestros blogs, webs o propuestas creativas. Yo lo asumí. Me puse la máscara de la docilidad. Siempre le pedí ese consejo que nunca escuché. Le hice creer que había sucumbido.

Dejo de asistir los sábados. Estoy buscando casa, le informo. Le pregunto que qué barrios son los mejores, según su opinión. Soy nueva en la ciudad. Le escucho. Habla como un padre. Ya sólo voy los domingos y, de paso, firmo la hoja del sábado. Paul es condescendiente.

El curso sigue. Los domingos llego a las 10h y me voy a las 12h. Pamela llega a las 10.15h. Le riñe por llegar tarde y le recuerda que ayer no vino. La asistencia es obligatoria. “No va a pasar el trimestre, señorita”. Yo le guiño un ojo a mi amiga, divertida.

Llega la evaluación, revisamos mis proyectos. Nunca hice algo tan mal ni con tanto desinterés. Concluye, henchido de orgullo, que soy muy buena alumna.

“Todo gracias a ti, Paul”.

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El hombre que me presionó demasiado

Llego casi corriendo a la parada del tranvía en una carrera que se hace eterna con los tacones que llevo. Al final tengo que esperarlo y aprovecho para mirar y volver a mirar la silueta de esos zapatos, italianos, maravillosos, que definen a la perfección la palabra capricho. Llega el tranvía y me subo. Todavía no hemos llegado a la avenida, por lo que me siento al lado del pasillo y me instalo en la privacidad que me proporcionan mis cascos y la música.

Tres paradas después, el aire se llena de personas. Hace calor y hay más gente de la habitual. Es el fin de semana de la Fórmula 1 y acaban de terminar los entrenamientos. Quito las piernas del pasillo y me ciño a mi espacio. No quiero quitarle el suyo a nadie.

Dos paradas después siento una presión en mi hombro. Me incomoda la gente que no se da cuenta de que sus bolsos son una prolongación de ellos. El tranvía está tan lleno que el conductor no para para recoger a más gente. La presión se hace más intensa y el contacto de ese bolso también. Me muevo hacia la mujer sentada junto a la ventana. Pero siguen empujándome.

Deslizo la vista hacia mi derecha, hacia el punto de contacto, y descubro que no hay bolso. Hay tela. No me atrevo ni a pensarlo. Es un pantalón negro y aumenta la presión sobre mi brazo. Evito el pensamiento y me convenzo de que no está pasando. Me engaño pensando que la música y los cascos me han construido una burbuja, pero sus paredes no son firmes. Tengo calor, miro hacia la ventana e imploro que nadie lo esté viendo. Quiero gritar, pero me siento tan intimidada que no reacciono. El momento se hace eterno. Estoy perturbada.

El tranvía sigue en marcha, pero consigo levantarme.  Necesito bajar. El dueño de ese pantalón ocupa mi asiento. Es mayor, pelo blanco y bigote. Lo miro a la cara, pero no se atreve a levantar la suya.

El conductor para y el tranvía se desinfla poco a poco. Es la principal parada de la ciudad. Yo sigo mirando a esa figura invasora que, sin nadie al lado, busca un asiento junto a una adolescente con uniforme de instituto. Lo controlo todo. Rápidamente busca el contacto. Ella se aparta para evitarlo y él vuelve a buscar la piel de la chica.

Ya no he podido mantener su secreto. El personal de seguridad lo ha bajado de inmediato.

Yo ya no estaba. Me alejaba temblando sobre esos tacones a los que, maldito insconsciente, he culpado de todo.

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Dos años

14 de marzo, pero de 2014. Ha pasado un año desde mi último post. ¿Hay alguien ahí?

Sería ideal tener que escribir sólo un post al año, por el que me pagaran una nómina millonaria. Así podría olvidarme de las preocupaciones absurdas sobre cómo sobrevivir en un país que no es el mío. Podría ocuparme de lo que de verdad me interesa, que no es otra cosa que escribir. Seguramente, dejaría de buscar excusas para no hacerlo.

Un año pasa volando. Y dos, ni me he dado cuenta. La aventura se ha convertido en vida, los nuevos amigos han pasado a ser pilares, el flirteo ya es en un compañero de vida, la sorpresa a cada paso, una imagen cotidiana.

Sigo por Australia, con un proyecto de vida que nunca imaginé pero que ya se ha convertido irremediablemente en el mío: ser la española en Australia y ser la australiana en España. Eso es ser emigrante. Eso, y mil cosas más.

Ser emigrante es salir de la espiral, si no ser valiente, al menos echarle un par,  es sobrevivir y sacarle partido a todo. Es vivir con menos y vivir más. Es salir del cascarón, mirar con unas lentes que tienen una graduación distinta, aprender que no hace falta tenerlo todo para que algo sea perfecto. Es asumir que ya no tienes una sola casa.

Pero ser inmigrante es también tener momentos de flaqueza, idealizar el pasado, preguntarme qué hubiera sido si…, sentir zozobra cuando me asomo a la incertidumbre de una vida a kilómetros de casa, añorar con todo el alma la simpleza de unas tapas en una terraza cutre de una calle ruidosa y sucia. Es saber que lo que dejé ya no existe y negarme a creérmelo del todo. Ser emigrante es venir a robar esos trabajos que nadie quiere, mal pagados y de muchas horas, aquellos en los que me descuentan los cinco minutos del descanso. Es tener que esforzarme el doble e intentar que nadie piense que soy estúpida porque no fui lo suficientemente rápida contestando en una lengua que nunca será la materna. También es ser demasiado dura conmigo misma, juzgarme y no darme treguas.

Y lo último, ser emigrante es tener la certeza de que no tengo ni una oportunidad en España.

Esa certeza es la que hace que ser inmigrante se haya convertido, por contra, en un motor con el que intento romper mis barreras, mis contradicciones. Es la que me sopla al oído que intentarlo es hacer lo correcto. Es la que hace que también vea la cara positiva, la de las cosas y experiencias nuevas, la del bagaje acumulado, la de la osadía llevada a cabo.

Esa certeza es la que me inspira para inventar una vida distinta que sé que se ha convertido en la mejor oportunidad de todas.

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Las frases que cambiaron mi vida

Querido Albert Montagut:

Somos periodistas y sabemos la fuerza que tienen las palabras. Pero a veces, cuando las escribimos, no somos conscientes de la influencia que tienen en el otro.

Hace un año te escribí contándote que viajaba a Australia. No sabía que habías vivido en este país. Me hablaste de tu experiencia en el Down Under y me dijiste: “No te vayas de allí hasta que la experiencia te marque”. Esas palabras fueron como un tatuaje, tan intensamente grabado, que a un mes de la vuelta prevista decidí prorrogar mi estancia. Sentí que cuatro meses no eran suficientes.

Casi un año después sigo saboreando esa frase y entiendo conscientemente su sentido. Porque ahora puedo decir que en menos de una semana dejo temporalmente Melbourne con una maleta llena de vivencias. He ido descubriendo este continente al mismo ritmo que he ido descubriendo mis fronteras. He empezado a responder preguntas, me he dejado maravillar por el paisaje, he aprendido más inglés que en toda una vida yendo a clase, he sabido que nunca quiero dejar de ser periodista. He aprendido a caminar sola, sin los testigos habituales que son la familia y los amigos. Me he enamorado y mis planes para el futuro han cambiado. Han empezado a crecer las raíces de las semillas que traje conmigo y veo una nueva vida aquí, llena de ilusiones y nuevos proyectos.

Vuelvo a España con la ilusión de abrazar a los míos y cargarme las pilas para regresar irremediablemente a la otra punta de la Tierra. Acaba mi primera etapa aquí sabiendo finalmente que me voy marcada por la experiencia.

Y no puedo más que agradecértelo con estas palabras.

Besos,

Begoña.

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El español

Little did I know when I moved to Melbourne that I was going to improve my Spanish. Having a venezuelan boyfriend has made me more aware of my own language.

Resulta que hablamos la misma lengua y a veces no nos entendemos. Será que estamos en tiempos distintos porque cuando me dice que hace algo ahora yo entiendo que es inmediatamente, pero no, resulta que ahora es luego, que si no, ya me hubiera dicho que lo hacía ahorita. Será que no me entero y que tengo la cabeza llena de vainas.

Puede ser en ese momento -o en cualquiero otro- cuando él empieza a joderme. Yo, con la seguridad que me da estar a algunos metros de distancia física, le digo que es imposible. Al menos yo no siento nada. Enseguida me doy cuenta de  que es porque soy catira y tonta. “Claro”, me digo, esto no tiene nada que ver son el sexo, sólo me está tomando el pelo.

Es una cosa chévere esto que pasa entre los latinoamericanos y los españolitos.  Antes de conocerlo, para mí las cosas eran divertidas en vez de finas, los chicos iban a la playa en bañador y no en chores y no sabía que estaba mamada cuando lo que sentía era cansancio. Lo peor es lo de mi madre, que se llama Pepa, y cuando él dice su nombre algo en su mirada delata que piensa que está hablando con el hueso de una fruta.

Las comidas también han cambiado. Empezamos desayunando juntos, pero lo que yo preparo para comer él lo llama almuerzo. Al menos terminamos cenando juntos. El postre es otra contradicción. Cuando yo le pido un albaricoque, él me alcanza un durazno, y si lo que me apetece es sandía, él sabe que me provoca una rodaja de patilla.

Yo que fantaseaba con ligarme a un inglés para aprender su lengua, no me imaginaba que podía ser tan interesante empaparme de la mía. Así que algunos días la pasamos discutiendo cómo decir ésta o tal cosa. Yo no trato de imponer mi manera, que entonces me sale con la historia de que les colonizamos. Pues yo no me acuerdo de haberme montado en ningún barco, cruzar el Atlántico y haber empezado a matarlos. Así que de culpas, nada.

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Los pingüinos

A veces me siento perdida en una ciudad como Melbourne. Es tan grande que hasta noto cómo está a punto de tragarme. Es entonces cuando me pregunto por qué no busco otro sitio en el que me asuste menos, más amable.

Pero la sensación se desdibuja cuando me topo con pequeñas cosas, como los pingüinos de al lado de mi casa. Porque en qué ciudad puedes decir que vives a quince minutos de los Fairy Penguins.

La otra noche, Francisco y yo salimos en busca del mar, de esa brisa que lo calma todo. Decidimos caminar por el muelle que te lleva hasta la colonia de pingüinos que llega a la ciudad en primavera. Quince minutos después, mar adentro, los vimos. Allí estaban, exhibiéndose ante los turistas, ante las luces rojas que tienes que utilizar para no incomodarlos, para que sigan a lo suyo, que en esta época consiste básicamente en aparearse. Estaban cachondos, los pequeños pingüinos.

Entendí que esos ruidos que hacían eran para atraer al otro después de escuchar al joven que explicaba todo a un grupo de visitantes curiosos. Seguí con la oreja puesta, como siempre hago, para descubrir, por ejemplo, que estos pingüinos, los Eudyptula Minor, sólo viven en la bahía de Melbourne, en Nueva Zelanda y en algunas partes de Chile, que vienen aquí porque las aguas frías son menos espectaculares que las tropicales, pero tienen más nutrientes y encuentran comida de mejor calidad.

Metidos en nuestro papel de turistas, nos dispusimos a hacer unas fotos, con una calidad de resultado dudoso. Yo me quedo con el recuerdo en mi retina y os dejo esta ‘picture’, en la que se intuye a un pájaro bobo detrás de mi cara sonriente.

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El sol y las cervezas

Esto son cuatro españolas, un venezolano y un italiano que vivió en España con una tarde de viernes por delante. No es un chiste, aunque la velada dio para que nos riéramos hasta que se nos acabaron las ganas de más cervezas, por culpa del viento, todavía helado.

Parece que el buen tiempo se resiste a establecerse en Melbourne, pero si el sol está fuera es el que manda a la hora de elegir garito. Así que en St. Kilda y el sol posado sobre el mar, pensamos que el Esplanade Hotel era nuestro sitio. Es un antro enorme, con años de historia, un referente de la música en directo, con varias salas, una cocina con platos deliciosos y una terraza desde la que disfrutar del atardecer. Es uno de los primeros locales que conocí en la ciudad y ahora está al ladito de mi casa.

Fue una tarde de esas que te dejan buen sabor de boca. Una mesa y gente que no se conocía de antes. Me encanta ejercer de pegamento, conectar a personas que no se conocen. Y que funcione. Fue como estar en casa. Tanto, que empezamos a montar el jaleo típico una vez servidas las tapas. Sí, todos se dieron cuenta. Sí, nosotros no éramos australianos. Sí, el escándalo nos delata.

Yo que reniego de todo eso de defender la bandera, me sentí más española que nunca. Sentí que compartíamos algo cultural, un pastel compuesto por lenguaje, jerga, cotilleos de la tele y una conversación sobre la Duquesa de Alba que, ésa sí, tuvimos que explicar al venezolano.

Fue como sentirse en casa lejos del hogar, pero mejor, porque no lo eché de menos.

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El método meteorológico

No hay nada como entrar a un ascensor y ponerse a hablar del tiempo. En España, digo, porque en Melbourne nadie dice nada en los ascensores, a no ser que vayas con conocidos. Aquí, este tema tiene enjundia. Para escribir un libro.

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El cielo lucía así esta mañana desde mi jardín. He decidido hacerle una foto porque hoy es un buen día para hablar de este maldito tiempo. Es el último día del invierno. De mi segundo invierno, quiero decir. Porque me vine de España en invierno y encadené la misma estación aquí abajo. Y esto harta. Estoy hasta el gorro del gorro, de los guantes, del abrigo, de los sabañones que me han salido, de las medias y los calcetines. Estoy harta del viento helado sobre mi cara, de llevar las manos en los bolsillos del abrigo, de los días grises. Estoy tan harta que he urdido una venganza: tomarme dos veranos seguidos. Incluso tres.

No me he vuelto loca. Al menos no hablando del cambio de estaciones. Mañana es 1 de septiembre y, aunque en España el cambio se hace con el solsticio, aquí es a primeros de mes. Lo llaman el Método meteorológico, según la wiki, que lo sabe todo.

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